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Subversión y Subvención :: el remedio ha sido peor que la enfermedad

Jul 21st 2010

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[Alex Chellew]

publicado originalmente en
Revista Gestos, Agosto de 2008

El problema de este artículo surge precisamente en la solicitud de él. Se me propuso la redacción de un análisis de la institucionalidad artística en Chile para una revista digital sobre cultura, arte y políticas públicas. Este fue el primer llamado de atención por que es sabido que en Chile existen varias iniciativas dedicadas a eso, entre ellas Sepiensa que he dirigido durante los últimos 6 años.

Al preguntar por las condiciones de trabajo (periodicidad, el carácter de cada edición, extensión y remuneración) Sergio Salamó me explica que es una iniciativa independiente que no cuenta con el apoyo o financiamiento de la institucionalidad publica, por ello las colaboraciones serán gratuitas (como ésta ahora) en pro del interés público de ejercer una evaluación sobre el estado de las cosas.

El asunto es que Sergio actúa como agente cultural a ambos lado de la línea de la institucionalidad, por un lado como parte de la Secretaría Ministerial de Educación de la región de Valparaíso y, por otra, levantando esta iniciativa independiente tendiente a cubrir las falencias propias de la institucionalidad en la que participa. No es mi idea demonizar este trabajo si no tan solo mostrar un síntoma de lo que ocurre en Chile.

Primero: hacer trabajos por donación a favor de la buena causa es una práctica validada por la costumbre, que empobrece a los agentes culturales y hace bajar los precios de sus productos (simple ley de oferta y demanda).

Segundo: estos trabajos, al ser donaciones, siempre quedan postergados en las prioridades de sus ejecutores, porque primero hay que comer para poder escribir. Esto causa la muerte de muchas iniciativas editoriales críticas en tanto son espacio de divulgación que van perdiendo su efectividad como levantamiento discursivo y al poco tiempo quedan con pocos insignes mártires que predican para los convencidos, sujetos a la calidad de lo que ellos estén capacitados a donar.

En Chile no podemos hablar de Industrias Culturales por que son muy pocos los que pueden definirse como agentes culturales propiamente tales, ya sea por incapacidad efectiva u horaria. Es sabido que gran cantidad de artistas oscilan entre las clases universitarias como mecanismo de subsistencia, el diseño de páginas web y otros oficios que no están directamente relacionados a su producción artística, conceptual ni a la gestión de espacios exhibitivos o de contenido critico. Las industrias requieren Mercado, Trabajadores, Operadores y sistemas de circulación dedicados. Según esta definición nosotros sólo tenemos instituciones.

Por su parte las instituciones no han alcanzado un grado de madurez tal que, al igual que algunas universidades tienen áreas dedicadas a los asuntos públicos, pueden aspirar a tener un auditor analítico independiente que se dedique a producir contenidos de calidad referidos a la influencia y efectividad del ejercicio de la institución.

Esto es parte constituyente del buen funcionamiento de una institución que, a sabiendas que no puede revolucionarse a si misma, trata de comprender sus consecuencias y genera mecanismos de integración y modificación de sus procesos de manera de favorecer el cumplimiento de sus objetivos.

¿Que es lo que ocurre entonces? Nosotros, institucionales a la vez que independientes, tratamos de suplir falencias haciendo aportes gratuitos a una institucionalidad que nos utiliza económicamente mientras nosotros actuamos políticamente (o al menos eso deseamos).

Convengamos que la institucionalidad cultural pública chilena es una institucionalidad constituida, no en vías de constitución. Sus fallas y perversiones han sido analizadas por casi todos los agentes culturales conocidos, y aún así todas las observaciones han sido sucesivamente desestimadas. Esto es una cuestión estructural: mientras algunos de nosotros nos gastamos en ejemplificar caso a caso la sintomatología de esa falla, la política cultural pública actúa como discurso predominante: se impone por los hechos.

Afirmo que los agentes culturales autogestionados y autovalidados subvencionan la institucionalidad cultural pública, por que les dan su trabajo construido desde el riesgo y el descampado a una institución que cuenta con presupuesto para mantenerse y asearse, y que, al momento de auditarse, nos condiciona asumiéndose como bien público.

Pero nosotros tampoco somos héroes ni mártires, quienes durante los últimos 17 años no han sido capaces de ver el cambio producido desde la motivación del trabajo voluntario contra la dictadura hasta el estado actual de la cultura no son más que entes voluntaristas ahistóricos. Seguimos guiados por un precepto que los hechos y los sucesivos gobernantes concertacionistas han demostrado incorrecto: trabajar por el país no es trabajar para el gobierno, ni por acción ni por reacción.

Esto no se limita al campo del colaboracionismo apocalíptico de las quejas quinceañeras contra el Fondart: el que ahorra en remuneraciones en el diseño y texto del catálogo, como también el espacio que no provee condiciones de exhibición de acuerdo a estándares mínimos (y los artistas que los aceptan) no sólo están salvando apenas su pequeña economía doméstica si no que están destruyendo un mercado posible y, por arrastre, sosteniendo el internacionalmente ineficiente y duopólico sistema del arte chileno (que oscila entre universitario y estatal), donde apenas unas pocas iniciativas independientes tienen la capacidad de falsificar su relato histórico y obviar el pragmatismo de sus necesidades diarias para hacer experimentación artística contemporánea de riesgo.

Esto debe terminar en algún momento, y yo propongo que ese momento es ahora. Hay que cortarle el agua, la luz, la mirada y el saludo a la institucionalidad hasta que no esté dispuesta a pagar merecidamente los esfuerzos que nos requiere. Que la subversión esta vez viene del lado de la economía de las capacidades de producción cultural y de su justa retribución.

Hay que dejarse de fondartdeces y formularismos para la producción de obras, hay que hacer obras que cuestan lo que cuestan y ni un peso menos, si no se pueden pagar todas hay que privilegiar las mejores o las más urgentes y, en cualquier caso, las mas políticas, hay que eliminar galeristas que no venden, que cobran indemnizaciones por su ineficacia, por pintar una muralla o que tratan irrespetuosamente a los artistas, hay que dejar de decirle al ministerio cómo debiera hacer las cosas y actuar como si no existiera.

El modo es la independencia que negocia pero que no transa, que establece complicidades políticas para fines mayores, de largo plazo y de largo aliento. Y por si alguno se hubiera confundido hay que empezar de una vez a decirles a todos que no valemos lo mismo que los que regalan el trabajo o que lo ponen a costa de futuras ganancias que nunca llegan porque las instituciones tienen memoria de 4 años a lo sumo, que no más al gato por liebre, que imitado pero jamás igualado.

Que la única manera de liquidar la economía simbólica es poner un cartel en la puerta: hoy no se fía, mañana tampoco.

Jorge Sepúlveda T.
Curador Independiente
Buenos Aires, Junio de 2008.

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